Reynaldo Mota Molina
El 8 de marzo se cumple un año de aquel infausto accidente que nos arrebató de golpe al querido y viejo amigo que nos prodigó su mano cuando pisamos por primera vez estas queridas tierras. Pronto nos adentramos en el mundo del huapango huasteco donde él fue siempre un personaje importante por sus dotes sobresalientes de cantador y violinista.
Si bien conocíamos sones y huapangos con personalidades que admiramos en la ciudad de México como don Elpidio Ramírez, el trío Calaveras, el trío Los Pastores, Toño Santillán y otros, fue con don Fortunato Ramírez Camacho que transitamos por algunos caminos que los huapangueros genuinos recorren en su devenir cotidiano, conociendo y compartiendo vicisitudes y alegrías, siempre con el espléndido e inagotable carácter jovial de don Fortunato pleno de anécdotas, versos y experiencias extraordinarias.

Él nos ayudó a entender el intrincado universo de la poesía arribeña, de la valona, del son, del jarabe y del minuete; del canto a lo divino y a lo humano. Inmersos en él comprendimos la esencia maravillosa de este arte que admiramos aún más por su naturaleza popular heredada de los juglares europeos por nuestros campesinos de la Sierra Gorda y del Altiplano potosino.
Su arte, su obra, su memoria, permanecen inmarcesibles en el ámbito huapanguero de la sierra queretana y aún más allá de la Región Huasteca que lo admiró y bailó al influjo de sus sones y huapangos.
¡Que Dios lo tenga en su Gloria!
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